Yanette: memoria que sigue caminando
Ninguna ausencia se parece a otra. Hay personas que se van en silencio y hay otras que no pasan desapercibidas; hay ausencias que se esperan, se aceptan, se llenan de otra manera. Y hay otras que se multiplican en incontables personas hasta volverse otra vez presencia y confundir a la misma muerte.
En este primer año sin Yanette, su ausencia se ha convertido en la fuerza que empuja a cientos de mujeres a seguir buscando, a defender la vida y a transformar el dolor de las pérdidas en organización y comunidad. La ausencia del cuerpo se sublima ante su imagen replicada en muros y carteles, y en la memoria viva de las anécdotas que la traen al presente: fuerte, segura, directa y amorosa.
Y es que las personas como ella nunca se van del todo.
Está en las mujeres que aprendieron a su lado que buscar no era solamente esperar una respuesta del Estado, sino también organizarse, nombrarse, reconocerse como sujetas políticas y exigir verdad y justicia. Está en quienes encontraron en su palabra una manera de volver a levantarse. Está en las familias que pudieron entender que su dolor no era individual, que no estaban solas y que la búsqueda podía convertirse en una fuerza colectiva.
Está también en quienes tuvimos la oportunidad de acompañarla. Brigadas Internacionales de Paz ha caminado junto a la Fundación Nydia Érika Bautista a lo largo de 20 años y, en ese tiempo, todas las generaciones de brigadistas que hemos pasado por este camino nos hemos encontrado, de una u otra forma, con ella. Incluso ahora, con su recuerdo presente y su ejemplo de fortaleza y de empatía hacia las demás personas. La hemos conocido a través de relatos en los que aparece con su cuerpo pequeño y su gran presencia, capturando las miradas y la escucha de todas las personas presentes. Una mujer fuerte, directa, cálida y expansiva.
Por eso su historia y su legado pertenecen a su familia, a la Fundación, a las mujeres buscadoras y también a todo el movimiento social que se mantiene y se gesta al calor de mujeres como ella. Forma parte de la historia de todas las personas que andamos estos caminos.
Acompañar a Yanette también significó aprender. Aprender que la memoria no es mirar hacia atrás, sino una manera de disputar el presente. Que la búsqueda no termina cuando se encuentra un cuerpo, porque también hay que buscar verdad, justicia, reconocimiento y garantías de no repetición. Que cuidar a quienes defienden los derechos humanos no es solamente proteger sus cuerpos frente al riesgo, sino reconocer la fuerza política y transformadora de sus luchas.
Y aprender, sobre todo, que las mujeres no han sido solamente víctimas de las violencias que atraviesan Colombia: también han sido quienes construyeron los caminos para enfrentarlas.
Una hermana que decidió buscar
El 30 de agosto de 1987, Nydia Érika Bautista fue desaparecida tras ser detenida en una operación ejecutada por integrantes de la Fuerza Pública. Durante años, su familia buscó respuestas. Yanette buscó a su hermana durante tres años, hasta encontrar sus restos enterrados como N. N. en un cementerio de Guayabetal. Pero encontrarla no significó encontrar justicia.
Y quizás ahí está una de las claves para comprender la dimensión de su vida. Porque pudo haberse quedado en el dolor íntimo de una hermana que perdió a otra; pudo haber pensado que encontrar sus restos era el final de la búsqueda. Sin embargo, hizo lo contrario: transformó la búsqueda de Nydia Érika en una búsqueda colectiva.
Creó la Fundación Nydia Érika Bautista, acompañó a cientos de familias, trabajó para que la desaparición forzada dejara de ser un silencio privado y se convirtiera en una responsabilidad pública, y caminó durante décadas junto a mujeres que buscaban a sus seres queridos en distintos territorios de Colombia. Así, la memoria de Nydia Érika dejó de ser solamente la memoria de una mujer desaparecida y se convirtió en una fuerza organizada. El trabajo de Yanette y de su familia se consolidó en una denuncia: ningún cuerpo debe desaparecer sin que el Estado responda y ninguna familia debería enfrentarse sola al poder, al silencio y a la impunidad.
Un año después de su muerte, mantener viva la memoria de Yanette implica también sostener en alto el nombre y la historia de Nydia Érika, al igual que el de miles de personas desaparecidas en el país.
Una mujer que convirtió el dolor en poder
Yanette fue una referente de la fuerza de las mujeres del Abya Yala. Conoció el miedo, el exilio, las amenazas y la persecución, pero también encontró, junto a otras personas con historias similares, el poder de la comunidad y de la organización para buscar en colectivo. Nos enseñó que las personas desaparecidas en esta parte del mundo nos pertenecen a todas y a todos. Regresó de su exilio y eligió seguir construyendo, sin dejar que la tristeza se lo arrebatara todo.
A finales de los años noventa llegó a presidir la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (FEDEFAM) y en 1999 recibió el Premio Shalom de la Universidad Católica de Eichstätt y el Premio de Derechos Humanos de la Sección Alemana de Amnistía Internacional. Sin embargo, sus mayores reconocimientos no caben en una lista de premios: están en las mujeres que alguna vez la escucharon decir que sí eran capaces de enfrentar las consecuencias de la violencia en los territorios, de imaginar otro futuro y de trabajar para que esta historia no se siga repitiendo.
Yanette entendió los miedos y las vulnerabilidades diferenciadas que atraviesan a cada mujer en las distintas regiones de Colombia, donde buscar cuestiona los poderes que se disputan el control de los territorios y de las vidas que los habitan, y pone a las mujeres buscadoras en una situación de particular riesgo. Por eso acompañó, formó y tejió redes de apoyo que permitieron que más mujeres se animaran a buscar. Muchas de ellas se reconocieron por primera vez como defensoras, aunque lo venían siendo gran parte de su vida.
A la vez, la Fundación se ha propuesto, desde su hacer cotidiano, generar prácticas de intercambio de saberes: no se trata de repetir lógicas academicistas en las que las mujeres de los territorios son instruidas por personas externas, sino de compartir los conocimientos de todas, porque cada una guarda dentro de sí experiencias y saberes igual de importantes. Se alienta el respeto por la diversidad cultural, tan presente en este país, y desde allí se busca construir comunidad.
Por eso, en cada conmemoración, las comunidades la recuerdan y la honran de maneras distintas, con una emocionalidad y una gratitud profundas. Con su «Hágale, mija» fortaleció a cientos de mujeres para seguir buscando en ríos, mares, esteros, cementerios y montañas, y les compartió el convencimiento de que desde sus territorios, sus cuerpos y sus memorias también pueden hacer política.
Y están también las miles de mujeres que quizás nunca la conocieron personalmente, pero que hoy caminan por los caminos que ella ayudó a abrir. Y están sus hijos y sus nietos, criados con amor hacia las demás personas y con un compromiso político y social con el mundo que les tocó habitar, porque la realidad ha cambiado, pero sigue siendo un contexto sumamente violento para quienes defienden la vida digna.
Una ley que nació de la búsqueda
Yanette no alcanzó a ver implementado uno de los logros políticos que acompañó durante años. La Ley 2364 de 2024, conocida como Ley de Mujeres Buscadoras, que las reconoce como constructoras de paz y como sujetas de especial protección constitucional, fue reglamentada pocos meses después de su muerte.
El 26 de enero de 2026, mediante el Decreto 0063, se reconoció que buscar no es una actividad privada ni un asunto exclusivamente familiar. El decreto establece responsabilidades del Estado en materia de protección, atención integral, salud, educación, trabajo, autonomía económica, acceso a la justicia, participación y memoria. También crea el Registro Único de Mujeres Buscadoras y establece mecanismos para reconocer las diferentes formas en que las mujeres han sostenido la búsqueda.
La ley existe. El decreto existe. Pero la tarea no está terminada, porque una ley que no llega a los territorios puede convertirse en otro documento guardado en un archivo institucional. Y Yanette nos enseñó precisamente lo contrario: que los derechos solo se vuelven reales cuando llegan a la vida de las personas que los exigen.
Por eso, recordar a Yanette hoy también significa exigir el cumplimiento efectivo de la Ley de Mujeres Buscadoras. Las mujeres buscadoras siguen exigiendo que la ley tenga presupuesto, que existan garantías reales para buscar, que la protección no llegue después de la amenaza y de la violencia, y que la atención en salud física y mental sea digna y accesible. También, que se reconozcan el trabajo de cuidado y el conocimiento construido durante décadas de búsqueda; que las mujeres participen de las decisiones que afectan sus vidas; que la memoria sea una política pública y no solamente un acto conmemorativo. Que el Estado cumpla.
Que nadie busque sola
Quizás uno de los aprendizajes más profundos que nos deja Yanette es que nadie debería buscar sola ni cargar sola con el peso de una desaparición. Que el dolor no puede convertirse en una razón para aislar a quienes lo viven y que, cuando una mujer busca, otras pueden acompañarla y ayudar a construir una red que sostenga esa búsqueda.
Yanette contribuyó a construir esas redes. Hoy, mantenerlas y fortalecerlas es también una forma de continuar su trabajo: para las mujeres que todavía buscan, para quienes encontraron a sus familiares y siguen buscando a otras personas, para quienes llevan décadas esperando y para las nuevas generaciones que no aceptan que la desaparición sea una palabra más en la historia de Colombia.
También para nosotras: para quienes la conocimos, la acompañamos y aprendimos de ella. Desde PBI hemos tenido el privilegio y la responsabilidad de caminar durante más de tres décadas junto a organizaciones defensoras de derechos humanos. En ese camino hemos aprendido que las historias que construimos también están hechas de los vínculos que establecemos con las personas y las organizaciones que acompañamos.
Hay personas que pasan por nuestras vidas y dejan recuerdos. Otras, además, dejan responsabilidades. Yanette nos deja ambas cosas: recordamos su voz, su fuerza y su manera de acompañar y de organizar, y asumimos también la responsabilidad de que su lucha no termine convertida en una historia cerrada.
Una memoria que sigue en movimiento
Un año después de su muerte, queremos recordarla sin convertirla en una figura del pasado. Queremos reconocerla en aquello que ayudó a construir y que sigue ocurriendo: en las calles, en las reuniones de las mujeres buscadoras, en los territorios, en los archivos y en las decisiones que todavía están pendientes.
Está en cada búsqueda que continúa, en cada cuerpo que es encontrado y entregado dignamente a su familia y en cada mujer que decide empezar a buscar. También está en las nuevas generaciones que entienden que las mujeres de sus territorios no solo han vivido la historia de Colombia, sino que han sido protagonistas de ella.
Por eso, la memoria de Yanette no puede quedarse únicamente en el recuerdo. Requiere que las redes que ayudó a construir sigan funcionando, que las instituciones cumplan sus responsabilidades, que la Ley de Mujeres Buscadoras se implemente y que Nydia Érika siga siendo nombrada. Requiere, sobre todo, que las mujeres buscadoras sean reconocidas por lo que son: defensoras de derechos humanos, constructoras de paz y protagonistas de una de las luchas más importantes contra el olvido y la impunidad en Colombia.
Quizás esa sea la forma más honesta de recordar a alguien que dedicó su vida a insistir en que nadie debía ser olvidado: no cerrar su historia con una despedida, sino continuar el trabajo que ella ayudó a construir y seguir diciendo los nombres de todas las personas que todavía nos faltan.
Hay personas que nunca se van. Se convierten en camino.